Mí añorada hija:
Hace años que perdimos el
contacto pero hoy, en el día más especial de tu vida, no he podido resistir la
tentación de escribirte unas palabras. Te me casas, y mi obligación como madre
sería acudir junto a ti a la Iglesia, sonreír entre lágrimas ante el Sí,
Quiero; compartir mesa contigo durante la celebración y sentir que,
definitivamente, te marchas de mi nido para formar tu propia familia. Sin
embargo, esa posibilidad se me negó hace tiempo, y quizás sólo por eso estas
letras tienen algún sentido. Y es que creo que hoy más que nunca tienes derecho
a que tu madre, al fin, te cuente algo sobre la vida que quizás tú aún
desconozcas. Hoy te acercas al altar radiante, convencida de que el hombre que
te espera al final de ese pasillo es el príncipe azul con el que vas a
compartir el resto de tu vida. Y, vida mía, yo deseo de corazón que así sea.
Pero por experiencia te digo que en la vida real las perdices del final del
cuento de hadas suelen estar envenenadas, y que los príncipes no son más que ranas
disfrazadas; y que tú, mi princesa, no eres una frágil muñequita a la espera de
su salvador. Eres mucho más.
Conozco a tu prometido.
Sí, supongo que te sorprende, pero esta posición privilegiada me permite
observar cada paso que das, cada error que cometes, cada momento de tu vida. Le
conozco y reconozco en su mirada el amor que te profesa. Y, sin embargo, ni
siquiera eso me deja tranquila. Con el paso de los años, a medida que el tiempo
me ha cedido la virtud de la perspectiva, he comprendido que no fue la falta de
amor la que marcó mi vida, ni la rutina que la convivencia trae consigo, ni los
errores que yo creí que ambos cometimos. Por eso, ni esa sonrisa
resplandeciente, ni esa esperanza en su rostro, ni esa felicidad que os rodea
puede calmar mi ánimo. Hija, esto es todo lo que te puedo ofrecer tras tantos
años de silencios sin respuesta, de verdades a medias, de preguntas que nunca
formulaste pero que existían en tu corazón. Yo también me casé un día hace
mucho años con el hombre de mi vida. Y no puedo decir que me equivocara al
decir eso, porque pronto se convirtió en el dueño de mis días, de mi ser, de
toda mi existencia. Su amor sincero pronto se convirtió en un control obsesivo que
me impedía siquiera respirar sin que él lo supiera. Miedo, él tuvo miedo mucho
antes de que lograra hacer del miedo mi propia forma de vida. Miedo a que le
abandonara, a que descubriera lo débil y cobarde que era; y decidió demostrar
su hombría a base de gritos, insultos y vejaciones que, finalmente, dieron paso
a los golpes; golpes que dolían menos que las palabras pero que marcaron mi
piel para siempre. Y yo… me creí todas sus mentiras. Que no valía nada, que no
sería nadie sin él a mi lado, que era culpa mía… Tu luz vino a mi vida en una
oscuridad absoluta y le otorgó al amor un matiz totalmente diferente; me
entregué a ti por completo y juré que jamás permitiría que nada ni nadie te
hiciese daño. Por eso hoy te escribo estas letras, para que tengas bien claro
quién eres sin necesidad de que ningún hombre te defina; para que creas en tu
valía y tu poder; para que sepas que la gente que te quiere te hace llorar,
claro que sí; y que el amor hace daño, por supuesto; pero jamás te ha de hacer
desaparecer como persona; para que no permitas que cada rosa que te regale tras
una pelea represente una marca nueva en tu piel; para que los bombones con
notas de disculpas no protagonicen tu historia de amor; y en definitiva, para
que haya menos flores y menos dulces en tu vida porque tu vida en sí sea un
dulce jardín donde vivir. Un jardín que tú misma hayas plantado por y para ti.
Ahora te me casas, hija mía, y desde aquí te deseo toda la felicidad del mundo
con una sola condición: que te ames a ti misma por encima de todo lo demás. Para
mí ya es demasiado tarde. Un día el amor se le fue de las manos a tu padre y me
hizo desaparecer por siempre de tu vida; condenándome a velarte desde este
cielo que hoy me permite escribirte esta última carta de amor, precisamente
para eso, para que el amor que sientes hoy jamás te lo borre nadie. Te querrá
por siempre:
Tu madre.
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